Por Ismael Illescas Rmz.
Tan extensa era la fila que quienes formaban parte de ella sentían como el tiempo pasaba como caracol. Todas esas personas presenciaron calor y lluvia, como bien se sabe, los cambios imprevistos del clima sorprenden sea cual sea la hora.
Afuera, el personal que labora en el banco trataba de calmar los ánimos de quienes ya no alcanzaron a formar parte de la fila. Algunos clientes, exaltados, exigían su trato preferencial sin embargo cuando la necesidad es grande y todo sale de control ante una situación nada común, no hay manera alguna de hacer válidos los privilegios.
Protección civil llegó a apoyar ante ese cúmulo de gente, tantos días llevaban conversando con la dirección del banco para ejercer las medidas pertinentes y evitar la acumulación de personas para evitar probables contagios.

Ismael Illescas, escritor
Lamentablemente, las demás sucursales cerraron y todos los usuarios de la región llegaban a la única que había permanecido en servicio. Todos los días las filas formaban una gigantesca rosca que rodeaba la cuadra.
-Señor no trae cubrebocas, así no puede pasar.
-¿Pero tiene horas que llegué?
-Son las disposiciones sanitarias.
-¡Ah!, son pendejadas.
-Le agradeceré que se retire.
La chica del banco siguió caminando, trató de no caer en una discusión con el cliente. El hombre no se retiró, aprovechó el paso de un comerciante que vendía cubrebocas.
-¿A cuánto?
-Hay de precios don, 20, 30 y reforzados 50 pesos.
-Dame el de 20 pesos.
-Gracias.
En otro tramo de la “rosca”…
-¿Qué trámite viene a realizar?
-Solo haré dos depósitos.
-Ok.
-¿Qué viene a realizar?
-Se me venció la tarjeta.
-Ok.
-¿Qué viene a realizar?
-Voy a ventanilla.
-Ok.
-Disculpe, ¿no habrá forma de dividirnos?
-Tiene que hacer fila señora.
-Señorita, llevo tres horas y no avanza.
-Así estamos todos.
-¡Son unos ineptos! – Gritó un señor enojado.
Eran las dos de la tarde, la fila seguía prolongada y había que hacer corte a la misma.
El cansancio se reflejaba en la mirada de las trabajadoras del banco, que aprovecharon un breve instante para flexionar sus piernas.
Se reunieron casi al filo de la banqueta diciéndole una a la otra: “Yo precisamente al salir de la escuela me decidí a trabajar por siempre en el banco para nunca tener este tipo de problemas y ahora, he recibido hasta mentadas de madre”.
Su compañera, al escucharla, subió los hombros y detrás del cubrebocas manifestó su sonrisa aprobatoria.
Quién se iba a imaginar que todo cambia drásticamente cuando acecha el virus de una pandemia.
