Hubo un tiempo en que las barras de las cantinas mexicanas y los anuncios estelares de la televisión nacional no le pertenecían por completo a los monopolios globales. A mediados del siglo XX, en el corazón de la zona cañera de Veracruz, tres grandes marcas locales lograron lo que parecía imposible: disputarle el trono de la coctelería nacional a la multinacional Bacardí.
Esta es la crónica de una era dorada donde Ron Batey, Ron Potrero y Ron Peñuela convirtieron a Córdoba en el epicentro del destilado en México, liderados por la audacia de empresarios como la familia Sustaeta.
La “Santísima Trinidad” de las Altas Montañas
Para entender el éxito del ron veracruzano hay que mirar hacia los cañaverales locales. La fermentación del jugo puro y las melazas de caña de la región poseían una calidad inigualable. Esto dio origen a tres colosos comerciales que competían ferozmente entre sí antes de unirse en un frente común contra el “monstruo” del murciélago:
- Ron Potrero: El gigante precursor. Su proyección estalló en la década de los 40’s, tras presentar rones con un extraordinario añejamiento de 10, 15 y hasta 20 años. Se convirtió en un emblema nacional gracias a la radioemisora XEW, donde su famoso promocional resonaba diariamente en todos los hogares del país.
- Ron Peñuela: El preferido del gusto popular. Destacado por su perfil suave pero de gran carácter, era el ron que dominaba las mesas de las clases trabajadoras y las cantinas tradicionales del centro de México, convirtiéndose en el estándar de calidad de la región.
- Ron Batey (Destiladora Cordobesa, S.A.): Dirigida con maestría por Don Juan Sustaeta y el director general Alfredo Postlethwaite, fue la joya publicitaria de la corona. Los Sustaeta no querían un destilado regional; querían un producto refinado que conquistara el país y el extranjero. Diversificaron su línea con el Tipo Jamaiquino, el exclusivo Extra Añejo y el audaz Batey Claro Tipo Cubano, diseñado con dedicatoria directa para arrebatarle mercado a Bacardí.

Anécdotas de una guerra publicitaria: De Paco Malgesto a la rivalidad de cantina
La disputa entre la destilería de los Sustaeta y Bacardí jamás llegó a los tribunales; se libró palmo a palmo en los medios de comunicación y en los mostradores.
- La anécdota de la televisión: En los años 50 y 60, Don Juan Sustaeta entendió el poder de la televisión nacional. Ron Batey se convirtió en el patrocinador exclusivo de “La Hora de Paco Malgesto”, el programa más visto de la época. Cuentan los cronistas cordobeses que ver a Malgesto —el conductor estrella de México— sirviéndose en vivo un Ron Batey provocaba que al día siguiente las agencias distribuidoras se quedaran sin inventario.
- El ingenio de la “CU-BA-TEY”: Para competir contra la famosa “Cuba Libre” impulsada por Bacardí, a los Sustaeta se les ocurrió un juego de palabras brillante: bautizar el trago de su ron blanco con refresco de cola como “CU-BA-TEY”. Las estaciones de radio inmortalizaron el jingle: “Córdoba, tierra del ron… el ron perfecto. Lo de más es lo de menos, lo que importa es Ron Batey”.
El Menjul: El campo de batalla en el vaso de cristal
La competencia no solo se daba en los comerciales de televisión, sino en el arraigo de las tradiciones locales. Mientras Bacardí intentaba imponer la homogeneidad de la “Cuba Libre” en todo el continente, en las cantinas de Córdoba se defendía una joya artesanal: El Menjul.
Nacido como una adaptación veracruzana del Mint Julep estadounidense de finales del siglo XIX, el Menjul cordobés se convirtió en el cóctel insignia de la región. Su preparación era un ritual sagrado en barras legendarias como la del Portal de Zevallos: una mezcla meticulosa de hojas de menta o yerbabuena fresca, azúcar, un toque de jerez añejo, unas gotas de angostura y, fundamentalmente, una generosa dosis de ron local.
Aquí la rivalidad interna cobraba vida. Los barmans y clientes bohemios de la época debatían ferozmente sobre cuál era el destilado correcto para la receta original. Un bando aseguraba que el auténtico sabor dulzón y robusto del Menjul solo se alcanzaba con el perfil popular de Ron Peñuela; otros juraban que el carácter premium y señorial lo aportaban exclusivamente los rones maduros de Ron Potrero. Esta guerra de preferencias locales mantuvo a las tres destilerías cordobesas en un consumo constante y blindó temporalmente a la región de las influencias extranjeras.
El fin de una era y la ironía de las barricas
A pesar del enorme arraigo y la gran capacidad de exportación que logró el Ron Batey, la década de los 70 trajo consigo un cambio drástico en las políticas azucareras del país y una asfixiante presión por parte de los esquemas corporativos de distribución de las multinacionales.
La caída fue un efecto dominó en la región cañera:
- Ron Potrero sucumbió primero ante una dura quiebra administrativa.
- Ron Batey resistió un poco más, pero para 1970 las luces de la Destiladora Cordobesa, S.A. comenzaron a apagarse definitivamente, cancelando sus icónicos anuncios estelares.
Aquí ocurre una de las mayores ironías en la historia de la industria: tras el colapso de los productores veracruzanos, las valiosas barricas de alta calidad de Ron Potrero —que resguardaban caldos con décadas de un añejamiento perfecto— fueron subastadas.
El comprador final fue la propia empresa Bacardí. La multinacional utilizó el inventario y la herencia del añejamiento veracruzano para diseñar el perfil y dar vida a uno de sus productos prémium más exitosos en territorio nacional: el Ron Solera Bacardí. El gigante terminó asimilando el ADN de su antiguo competidor.
El epílogo de la nostalgia: El refugio de las subastas
El golpe final a la memoria física de la época ocurrió en 2012, cuando el imponente edificio de la fábrica de los Sustaeta en el bulevar Miguel Alemán (Córdoba-Peñuela, nota de la R.) fue demolido por completo para construir un supermercado, borrando el último templo arquitectónico del ron cordobés.
Ante la falta de regulaciones estrictas y de un esquema de protección legal confiable para las denominaciones de origen locales, las grandes destilerías independientes de Córdoba desaparecieron del mapa productivo, dejando un vacío que el mercado moderno nunca pudo llenar con la misma calidad y rigor artesanal.
Hoy en día, el verdadero final de esta historia no se escribe en las líneas de producción, sino en las casas de subastas de alta gama y en los foros especializados de coleccionistas. Las botellas sobrevivientes de Ron Batey, Potrero y Peñuela, rescatadas de viejas cantinas clausuradas o de sótanos familiares, se han convertido en auténticas reliquias históricas.
En los catálogos de coleccionismo, una botella intacta de Ron Batey Extra Añejo o de Potrero de 15 años puede alcanzar precios de miles de pesos. Los compradores no buscan un líquido para consumir de forma casual, sino poseer un fragmento embotellado de una época irrepetible.
Mientras el Menjul sobrevive de forma nostálgica en los portales de la ciudad —adaptándose a los rones comerciales del presente—, el verdadero legado de los Sustaeta y la edad de oro cañera descansa bajo llave en vitrinas privadas, como el último testimonio de un tiempo en que tres rones cordobeses hicieron temblar el reinado del murciélago.

